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Bautismo de Cristo

Baptism of Christ

Easton, 1897

Cristo tenía que ser inaugurado formalmente en el ejercicio público de sus oficios. Con este fin acudió a Juan, que era el representante de la ley y los profetas, para que por medio de él fuera introducido en sus oficios y así fuera reconocido públicamente como el Mesías, cuya venida habían atestiguado durante muchas edades las profecías y los símbolos.

Juan se negó al principio a conferir su bautismo a Cristo, pues no entendía qué tenía que ver él con el «bautismo de arrepentimiento». Pero Cristo dijo: «Deja ahora», AHORA, como conviene a mi estado de humillación, a mi condición de sustituto en lugar de los pecadores. Su recepción del bautismo no era necesaria por causa de él mismo. Fue un acto voluntario, igual que su acto de hacerse hombre. Sin embargo, si había de cumplirse la obra que se había comprometido a realizar, le convenía tomar sobre sí la semejanza de un pecador y cumplir toda justicia (Mateo 3:15).

Hay que distinguir el deber oficial de Cristo y la persona sin pecado de Cristo. Fue en su calidad oficial como se sometió al bautismo. Al acudir a Juan, nuestro Señor dijo en efecto: «Aunque soy sin pecado y sin mancha personal alguna, en mi carácter público u oficial de Enviado de Dios, estoy en lugar de muchos, y traigo conmigo el pecado del mundo, por el cual yo soy la propiciación». Cristo no fue puesto bajo la ley por causa de sí mismo. Lo fue como fiador de su pueblo, posición que asumió espontáneamente. La administración del rito del bautismo era también un símbolo del bautismo de sufrimiento que tenía por delante en esta calidad oficial (Lucas 12:50). Al presentarse así, se dedicó o consagró de hecho a la obra de cumplir toda justicia.

Diccionario: M. G. Easton (1897, dominio público), traducido al español; Notas generales de Torres Amat (1823, dominio público).