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Foto: Domos de Fabédougou · Burkina Faso

2 Macabeos 3

Domos de Fabédougou · Burkina Faso · Foto: Maarten van der Bent · CC BY-SA 2.0

1En el tiempo pues que la ciudad santa gozaba de una plena paz, y que las leyes se observaban muy exactamente por la piedad del pontífice Onias, y el odio que todos tenian á la maldad;

2nacia de esto que aun los mismos Reyes y los Principes honraban sumamente aquel lugar sagrado, y enriquecian el Templo con grandes dones:

3por manera que Seleuco, Rey de Asia, costeaba de sus rentas todos los gastos que se hacian en los sacrificios.

4En medio de esto, Simon, de la tribu de Benjamin, y creado Prefecto del Templo, maquinaba con ansia hacer algun mal en esta ciudad; pero se le oponia el Sumo sacerdote.

5Viendo pues que no podia vencer á Onías, pasó á verse con Apolonio, hijo de Tharseas, que en aquella sazon era Gobernador de la Celesyria y de la Fenicia,

6y le contó que el erario de Jerusalem estaba lleno de inmensas sumas de dinero, y de riquezas del tesoro del comun, las cuales no servian para los gastos de los sacrificios; y que se podria hallar medio para que todo entrase en poder del Rey.

7Habiendo pues Apolonio dado cuenta al Rey de lo que á él se le habia dicho, concerniente á estas riquezas, llamó el Rey á Heliodoro, su ministro de hacienda, y envióle con órden de transportar todo el dinero referido.

8Heliodoro púsose luego en camino con el pretesto de ir á recorrer las ciudades de Celesyria y Fenicia, mas en la realidad para poner en ejecucion el designio del Rey.

9Y habiendo llegado á Jerusalem, y sido bien recibido en la ciudad por el Sumo sacerdote, le declaró á este la denuncia que le habia sido hecha de aquellas riquezas: y le manifestó que este era el motivo de su viage; preguntándole en seguida si verdaderamente era la cosa como se le habia dicho.

10Entónces el Sumo sacerdote le representó que aquellos eran unos depósitos y alimentos de viudas y de huérfanos;

11y que entre lo que habia denunciado el impío Simon habia una parte que era de Hircano Tobías, varon muy eminente, y que el todo eran cuatrocientos talentos de plata, y doscientos de oro:

12que por otra parte de ningun modo se podia defraudar á aquellos que habian depositado sus caudales en un lugar y templo honrado y venerado como sagrado por todo el universo.

13Mas Heliodoro insistiendo en las órdenes que llevaba del Rey, repuso que de todos modos se habia de llevar al Rey aquel tesoro.

14Con efecto en el dia señalado entró Heliodoro en el Templo para ejecutar su designio; con lo cual se llenó de consternacion toda la ciudad.

15Pero los sacerdotes, revestidos con las vestiduras sacerdotales, se postraron por tierra ante el altar, é invocaban al Señor que está en el cielo, y que puso la ley acerca de los depósitos, suplicándole que los conservase salvos para los depositarios.

16Mas ninguno podia mirar el rostro del Sumo sacerdote sin que su corazon quedase traspasado de afliccion; porque su semblante y color demudado manifestaban el interno dolor de su ánimo.

17Una cierta tristeza esparcida por todo su rostro, y un temblor que se habia apoderado de todo su cuerpo, mostraban bien á los que le miraban, la pena de su corazon.

18Salian al mismo tiempo muchos á tropel de sus casas, pidiendo á Dios con públicas rogativas que no permitiese que aquel Lugar santo quedase espuesto al desprecio.

19Las mugeres, ceñidas de cilicios, andaban en tropas por las calles; y hasta las doncellas mismas, que ántes estaban encerradas en sus casas, corrian, unas á donde estaba Onias, otras hácia las murallas, y algunas otras estaban mirando desde las ventanas.

20Pero todas levantando al cielo sus manos, dirigian alli sus plegarias.

21A la verdad era un espectáculo digno de compasion el ver aquella confusa turba de gente, y al Sumo sacerdote puesto en tan grande conflicto.

22Mientras estos por su parte invocaban al Dios Todopoderoso para que conservase intacto el depósito de aquellos que se lo habian confiado,

23Heliodoro no pensaba en otra cosa que en ejecutar su designio; y para ello se habia presentado ya él mismo con sus guardias á la puerta del erario.

24Pero el Espíritu del Dios Todopoderoso se hizo alli manifiesto con señales bien patentes, en tal conformidad, que derribados en tierra por una virtud Divina cuantos habian osado obedecer á Heliodoro, quedaron como yertos y despavoridos.

25Porque se les apareció montado en un caballo un personage de fulminante aspecto, y magníficamente vestido, cuyas armas parecian de oro, el cual acometiendo con ímpetu á Heliodoro le pateó con los pies delanteros del caballo.

26Apareciéronse tambien otros dos gallardos y robustos jóvenes llenos de magestad, y ricamente vestidos, los cuales poniéndose uno á cada lado de Heliodoro, empezaron á azotarle cada uno por su parte, descargando sobre él contínuos golpes.

27Con esto Heliodoro cayó luego por tierra envuelto en obscuridad y tinieblas; y habiéndole cogido y puesto en una silla de manos, le sacaron de alli.

28De esta suerte aquel que habia entrado en el erario con tanto aparato de guardias y ministros, era llevado sin que nadie pudiese valerle; habiéndose manifestado visiblemente la virtud de Dios:

29por un efecto de la cual, Heliodoro yacía sin habla, y sin ninguna esperanza de vida.

30Por el contrario, los otros bendecian al Señor, porque habia ensalzado con esto la gloria de su santo Lugar; y el Templo, que poco ántes estaba lleno de confusion y temor, se llenó de alegria y regocijo luego que hizo ver el Señor su omnipotencia.

31Entónces algunos amigos de Heliodoro rogaron con mucha eficacia á Onías que invocase al Altísimo, á fin de que concediese la vida á Heliodoro, reducido ya á los últimos alientos.

32Y el Sumo sacerdote considerando que quizá el Rey podria sospechar que los judios habian urdido alguna trama contra Heliodoro, ofreció una víctima de salud por su curacion;

33y al tiempo que el Sumo sacerdote estaba haciendo la súplica, aquellos mismos jóvenes, con las mismas vestiduras, poniéndose junto á Heliodoro, le dijeron: Dále las gracias al Sacerdote Onias, pues por amor de él te concede el Señor la vida.

34Y habiendo tú sido castigado por Dios de esta suerte, anuncia á todo el mundo sus maravillas y su poder: dicho esto, desaparecieron.

35En efecto Heliodoro, habiendo ofrecido un sacrificio á Dios, y hecho grandes votos á aquel Señor que le habia concedido la vida, y dadas las gracias á Onías, recogiendo su gente se volvió para el Rey.

36Y atestiguaba á todo el mundo las obras maravillosas del gran Dios, que habia visto él con sus propios ojos.

37Y como el Rey preguntase á Heliodoro quién seria bueno para ir de nuevo á Jerusalem, le contestó:

38Si tú tienes algun enemigo, ó que atente contra tu reino, enviale allá, y le verás volver desgarrado á azotes, si es que escapare con vida; porque no se puede dudar que reside en aquel lugar una cierta virtud Divina.

39Pues aquel mismo que tiene su morada en los cielos, está presente y protege aquel lugar, y castiga y hace perecer á los que van á hacer alli algun mal.

40Esto es en suma lo que pasó á Heliodoro, y el modo con que se conservó el tesoro del Templo.

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