Deuteronomio
Deuteronomy
Easton, 1897
En todos los manuscritos hebreos el Pentateuco (véase Pentateuco) forma un solo rollo o volumen dividido en secciones mayores y menores llamadas parshioth y sedarim. No es fácil decir cuándo se dividió en cinco libros. Probablemente lo hicieron por primera vez los traductores griegos del libro, a quienes sigue la Vulgata. El quinto de estos libros fue llamado por los griegos Deuteronomion, es decir, la segunda ley; de ahí nuestro nombre Deuteronomio, o una segunda exposición de las leyes ya promulgadas. Los judíos designaban el libro con las dos primeras palabras hebreas que aparecen, 'Elle haddabharim, es decir, «Estas son las palabras». Lo dividían en once parshioth. En la Biblia castellana contiene treinta y cuatro capítulos.
Consta principalmente de tres discursos pronunciados por Moisés poco antes de su muerte. Fueron dirigidos a todo Israel en los campos de Moab, en el mes undécimo del último año de sus peregrinaciones.
El primer discurso (Deuteronomio 1:1-4:40) recapitula los principales acontecimientos de los últimos cuarenta años en el desierto, con fervientes exhortaciones a obedecer las ordenanzas divinas y advertencias contra el peligro de abandonar al Dios de sus padres.
El segundo discurso (Deuteronomio 5:1-26:19) es en efecto el cuerpo de todo el libro. El primer discurso es introductorio a este. Contiene prácticamente una recapitulación de la ley ya dada por Dios en el monte Sinaí, junto con muchas amonestaciones y mandatos sobre la conducta que habían de seguir cuando estuvieran establecidos en Canaán.
El discurso final (Deuteronomio 27:1-30:20) se refiere casi por completo a las solemnes sanciones de la ley, las bendiciones para los obedientes y la maldición que caería sobre los rebeldes. Les exhorta solemnemente a mantenerse fieles al pacto que Dios había hecho con ellos, y así asegurar para sí y para su posteridad las bendiciones prometidas.
A estos discursos al pueblo siguen lo que pueden llamarse tres apéndices, a saber: (1) un cántico que Dios había mandado a Moisés escribir (Deuteronomio 32:1-47); (2) las bendiciones que pronunció sobre las distintas tribus (Deuteronomio 33); y (3) el relato de su muerte (Deuteronomio 32:48-52) y sepultura (Deuteronomio 34), escrito por otra mano, probablemente la de Josué.
Estos discursos de despedida de Moisés a las tribus de Israel, a las que había guiado durante tanto tiempo en el desierto, «resplandecen en cada línea con las emociones de un gran jefe que relata a sus contemporáneos la maravillosa historia de su experiencia común. El entusiasmo que encienden, aun hoy, aunque oscurecido por la traducción, revela su incomparable adecuación a las circunstancias en que fueron pronunciados por primera vez. La confianza en el futuro se suscita con el recuerdo del pasado. El mismo Dios que había hecho obras poderosas por las tribus desde el Éxodo cubriría su cabeza en el día de la batalla contra las naciones de Palestina, que pronto serían invadidas. Su gran legislador se alza ante nosotros, vigoroso en su ancianidad, severo en su aborrecimiento del mal, ferviente en su celo por Dios, pero suavizado en todas sus relaciones con la tierra por su cercanía al cielo. La sabiduría imponente de sus ordenanzas, la dignidad de su posición como fundador de la nación y primero de los profetas, dan fuerza a sus palabras. Pero toca nuestras emociones más profundas con la ternura humana que respira en todas ellas. De pie al borde de la vida, habla como un padre que da sus últimos consejos a los que ama; dispuesto a partir y estar con el Dios a quien tan bien ha servido, pero alargando con cariño su último adiós a los seres queridos de la tierra. Ningún libro puede compararse con Deuteronomio en su mezcla de sublimidad y ternura.» Geikie, Hours, etc.
Todo el estilo y método de este libro, su tono y sus peculiaridades de concepción y expresión, muestran que debe proceder de una sola mano. Que el autor no fue otro que Moisés queda establecido por las siguientes consideraciones: (1.) La tradición uniforme de la Iglesia judía y de la cristiana hasta tiempos recientes. (2.) El libro se presenta como escrito por Moisés (Deuteronomio 1:1; Deuteronomio 29:1; Deuteronomio 31:1, Deuteronomio 31:9-11, etc.), y obviamente fue concebido para ser aceptado como obra suya. (3.) El testimonio incontrovertible de nuestro Señor y sus apóstoles (Mateo 19:7, Mateo 19:8; Marcos 10:3, Marcos 10:4; Juan 5:46, Juan 5:47; Hechos 3:22; Hechos 7:37; Romanos 10:19) establece la misma conclusión. (4.) Las frecuentes referencias a él en los libros posteriores del canon (Josué 8:31; 1 Reyes 2:9; 2 Reyes 14:6; 2 Crónicas 23:18; 2 Crónicas 25:4; 2 Crónicas 34:14; Esdras 3:2; Esdras 7:6; Nehemías 8:1; Daniel 9:11, Daniel 9:13) prueban su antigüedad; y (5) los arcaísmos que se encuentran en él concuerdan con la época en que vivió Moisés. (6.) Su estilo y sus alusiones son también notablemente coherentes con las circunstancias y la posición de Moisés y del pueblo en aquel tiempo.
Este cuerpo de pruebas positivas no puede ser desechado por las conjeturas y razonamientos de los críticos modernos, que sostuvieron que el libro era algo así como una falsificación, introducida entre los judíos unos siete u ocho siglos después del Éxodo.
Diccionario: M. G. Easton (1897, dominio público), traducido al español; Notas generales de Torres Amat (1823, dominio público).